jueves, 29 de junio de 2017

EN LA LIBERTAD DE SER


A la par de tu vida me remuevo,
marea que no cesas de crecer con las palabras,
me disuelvo voluntario entre tus aguas
con los sueños compartidos que reflejas,
en esta senda que te muestro,
que me enseñas.

A mi lado te percibo
en el roce de tu aliento y de tu acento vivos,
en tu piel madura
que me toca cual brisa suave en madrugada,
imaginada
por lo escrito entre los cielos
que nos lleva hacia el encuentro.

Por ser quién eres,
marea sin descenso,
me inundo de ti,
queriendo que me busques
envuelto entre papeles que te leo,
recitando para ti todas las luces
que he creado en vendavales,
y te hallo corrigendo para mi tus frases libres
que me enredan de ternura,
en la humilde sensación de completarnos
a través del sentimiento concebido
en la flor de nuestras rimas.

Y te escribo sabiendo que me encuentro
en la fe saberte confidente
de los días venideros y presentes,
en este Occidente plácido atrapado
entre los dedos de tu Oriente.

He dejado mis huellas de Narciso;
ahora que todo se vuelve nuevo
conservo la presencia
de quién quiero que se quede,
abandono lo antiguo,
guardando los recuerdos
en mi cajón de lo sembrado y lo vivido.

Y aún más siembro
regado con tu amistad,
con tu paciencia,
en la comprensión y el ser en la prudencia
amigo por encima de cualquier duda,
hermano que poseerás para la vida,
oídos que escucharán tus alegrías,
antiguo viento fuerte que amainando
sobre la costa de tus cuestas viejas
tañerá la sonrisa a mis rincones.

Ahora regreso a mi capital serena
a caminar en la arena de mis playas,
solamente solo con la soledad amada
que siempre necesito en cada imagen
para componer en sonidos y deseos
la caridad de entregar
lo pequeño que soy
envuelto en versos.

sábado, 24 de junio de 2017

CANCIÓN DE FINAL DE RUTA



Cuando la Luna se agriete
dejará un reguero denso tras de mí,
una señal intermitente en la que veré correr
el acerbo antiguo de mis oraciones.

No castraré el tiempo con demandas
ni reclamaré presencias,
levantaré paciente sobre el laberinto de los años
el confín y frontera de mis indultos.

Sentado sobre el banco de las ideas
cataré el vino dulce de la longeva malvasía,
alzaré firme la copa de los días idos
para brindar por los castaños
sin el afán de verlos medrar,
y narraré historias increíbles
para quiénes las quieran escuchar
entre el crujir de mis recuerdos.

Recorreré el Mundo
en la parca compañía de mis piernas,
cosiendo los retales
con los que distingo el andar vecino,
no siendo ni lamento ni quejido,
solo eslabón de sonrisas,
silencio y sonido regalados
sobre una alegría de teselas.

Cuando le cante al aire canciones insonoras
se abrirá por momentos en mi pecho
un manantial de interrogantes,
un cruce hirsuto de sonidos
y apóstrofe acostado
ante el semblante de los tiempos,
metamorfosis de toda la lentitud
custodiada en un reloj de arena,
un minuto para la vida
y una hora entre el roce de las voces
que me narran en la sombra mansedumbre.

Me distraeré entre las abubillas y el romero
haciéndole gestos a los Soles inauditos,
buscando conocer,
excavando con el cuenco de mis dedos
hoyos en las fincas lejanas,
hurgando en el río de las garzas pacientes.

Naceré cada amanecer,
viviré cada día,
por veces rodeado por el sopor de la duda,
muchas otras en la fe al encontrar en los badenes
las flores salvajes como resorte marginal de luz.

Viviré atento para despistarme,
para perderme escuchando la canción de un grillo,
o para encontrar entre las zarzas
dónde se aposentan las luciérnagas,
viviré para lo ligero y lo constante
de no sentir tenazas aferrándome las uñas,
observado por los vecinos
de los parajes de las altas amapolas.

Para la vejez que se me anuncia,
clara entre laureles y paredes claras,
pediré la libertad de ser un niño
de manos ardientes para sanar la Luna,
la sabiduría de no saber nada
para sentirlo todo,
una azada mellada con la que sembrar de vida
un jardín menudo de aguas y de juegos,
un bosque de tulipanes para dormir entre colores
con los que separar el Cielo
de sus viejas hojarascas,
la paciencia sobre mi frente ajada,
abierta a la sonrisa de todas las verdades,
y unos pies ligeros con los que recorrer
las cuestas tardías que me lleven a la meta.









martes, 20 de junio de 2017

VOLVER (II)


Que a salto de mata y viento
cantemos,
a voz en grito,
a la lluvia que nos done la Virgen de la Cueva,
que por la noche de San Juan
robemos los silencios de los carros y portales,
y fabriquemos flautas de saúco
en las tardes de un verano intermitente.

Que por Invierno se nos hieran las rodillas
hasta volverse huellas
sobre el lodo y sus canicas estrelladas,
que levantemos cabañas de viejos troncos
para recordar ser tribu,
y que hurtemos tizas blancas
con las que dibujar en las paredes.

Y planeemos nuestra fuga a la hora del recreo,
para escondernos
entre las olas frías de Noviembre
o para arañar minutos sentados en un banco,
devorando pétalos de rosas,
retando horas,
observando en el salto de los peces
su salpicar minúsculo de escamas.

Que seamos niños sin zapatos
prestos a ensuciar de barro sus talones,
niños sin sombra lanzados en carrera
por la cuesta que a la mar nos guíe.

Inventemos un lenguaje
con palabras imposibles.











domingo, 4 de junio de 2017

LA MEMORIA DE LOS ARCOS



Imanes con sabor a vino blanco
y gargantas de licor hirviente
esparcidas entre las lluvias del invierno.

Veinte años casi imberbes
volando en los colegios del deseo,
atravesados de ansiedad
sobre el filo de las noches de tabernas
y de la embriaguez del baile.

Paredes salpicadas por líneas húmedas
y encuentros renqueantes,
espaldas aclimatadas a las goteras,
pies silvestres
empapados de callejuelas del viernes.

Viejos soportales de nuestra juventud
donde ocultarnos de ojos ajenos
entre sombras escogidas,
habitaciones abiertas
desde las que rogar un beso,
arcos bajo los que sugerir
caricias furtivas de viento frío.

Veinte años para caminar noches,
vacilante al regresar al hogar
a protegerme ante el viejo radiador
donde secar mis zapatos,
con su perfume guardado en los dedos
para envasarlo en el jarrón
de nuestra unión de aromas
y nudos de secretos.




viernes, 2 de junio de 2017

NUESTRA LUZ ENTRE LAS LÁGRIMAS



Han sido nuestros trechos
pedregal de los temores,
pasos de la infección de nuestras llagas.

Ahora somos curvas de la vida
que se encuentran sin reclamos,
sin ninguna petición más que sentirnos
en la paz de vernos uno en otro reflejados.

Descansamos
abandonadas las manos en un roce,
recostados sobre un viejo colchón,
encontrándonos entre las lágrimas
que han creado los cristales puros
de nuestra lámpara diáfana,
encendida creadora de estrellas
y fundadora de un arco iris de destino.

No dormimos.

Callados,
al culminar el día despistamos el cansancio,
lo hacemos huir con la velocidad prendida
de los instantes pardos
y con las miradas unidas en el techo.

Nos amamos
siendo sin cuerpo
espíritus nuevos que nada nos pedimos,
abrigados de recuerdos
entre vidrios del llanto viejo,
con la fe de observar
cómo el tiempo se nos va
en nuestra habitación de cielo claro.